Los voladores de Papantla

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Aún recuerdo el día en que mi padre me llevó a ver por primera vez a los voladores de Papantla.

Lo recuerdo perfectamente, era un día de verano, caluroso como si el Sol mismo quisiera bajara a saludar a esos guerreros con alas.

El color chillón de sus trajes rojos me hizo pensar que se trataba de cardenales humanos que volaban alrededor de un poste inmenso que hacía a uno sentirse como si fuera pulgarcito, pequeño en toda su humanidad.

Por esa época yo no conocía mucho de las cosas, el mundo era casi nuevo para mí y ver aquellos dioses vestidos de rojo y capaces de volar hasta el Sol me hizo creer que quizás formamos parte de un mundo enorme que nos engulle y supera nuestras capacidades para entender las cosas.

Aquél día todo era fiesta, gritos, música viva, listones de colores, algodones de azúcar, raspados, aguas de sabores, globos, madres que vigilaban a sus niños y niños que -como yo- llevaban de la mano a sus sueños, con ansias de correr por el aire como los mismos voladores.

Los cinco voladores estaban revestidos como por un aura mágica, yo le dije a mi padre:

Mira papá, los voladores tienen una sombra que brilla.

A lo que una vieja que iba pasando contestó:

– No niño, es sólo que estás deslumbrado por el Sol.

Mi padre, como buen defensor de las causas infantiles me dijo:

– No le hagas caso, en verdad brillan, es parte de su aura divina.

Recuerdo que el más viejo de los voladores tenía un rostro como de piedra, gris, áspero, con cara de muy pocos amigos o… quizás sólo tenía problemas en el estómago.

Precisamente el más viejo cargaba un tamborcito, una flauta y era el único de esos extraños seres carmesí que no iba amarrado por una cuerda enorme. Además… yo ví que llevaba una pequeña botellita en el cinto, según escuché era una pócima mágica para poder volar…

El ritual volador empezó justo al mediodía, cuando cuatro de los cinco seres intrépidos se soltaron de repente al vacío desde un palo altísimo que apenas se alcanzaba a ver su final. Un murmullo de sorpresa recorrió a toda la gente que estaba reunida en el lugar, era como si el viento se llevara las palabras para convertirlas en un arrullo suave y sorprendido.

Parecía como si los voladores bajaran del mismo cielo, todo se movía, era una sensación hipnótica y de mareo, hasta el cielo parecía dar vueltas sobre nuestras cabezas.

Yo le pregunté a mi padre que qué pasaría si alguno se caía, sobre todo el viejito cara de piedra que no estaba amarrado y estaba dando pequeños saltitos mientras tocaba la flauta y el tambor, pero él me dijo que no me preocupara, que los voladores eran inmortales, que sus alas no se podían quemar ni con el Sol.

Al ritmo acompasado de la música tradicional de los voladores, el Sol se fue cubriendo de un cielo nublado, como si el ritual sagrado hubiera convocado a un grupo de nubes preñadas de lluvia para saciar la sed de la tierra y para calmar la ira del astro rey.

Aún recuerdo un leve temblor en la tierra, el olor a polvo mojado, el correr de la gente, más gritos, el mareo provocado por los giros de los voladores y, de repente, como si el más viejo de ellos tuviera un pacto con el Sol, lo vi elevarse más allá del palo que lo sostenía, ascender con los pies juntos, abrir los brazos y mover los labios como diciendo una plegaria al oído del Sol.

En tanto la gente corría del lugar, recuerdo que le dije a mi padre que me quería quedar ahí, que quería saber qué es lo que pasaría a continuación, que un día quería ser como los voladores de Papantla. A lo que mi padre me contestó:

– Estas cosas sólo pasan una vez cada quinientos años. Son los sacrificios que debemos hacer para agradar a los dioses. Tú estás destinado a vivir con los pies en la tierra muchos años más.

Mientras salíamos corriendo, vi como los cuatro voladores se separaron de sus cuerdas, desplegaron sus alas -alas grandes, enormes, doradas, como si fueran divinas- y se alinearon con el más viejo, dos de cada lado, extendiendo sus manos al Sol, entregando su vida como ofrenda perenne de sometimiento y amor al Dios mayor.

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Aunque esté sin ti…

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Si pudiera regalarte algo, sería esta sensación que me embarga cuando te pienso. Sería la nostalgia, la añoranza, el deseo y la pasión que aún siguen latiendo en un rincón de mi corazón y en la sangre que recorre mis venas.

Si pudiera vivir otra vida te buscaría desde el principio, para caminar junto a ti, tomados de la mano, sonriendo de cualquier tontería a la orilla del camino. Sería para mirar el cielo azul y formar imágenes irreales con las nubes.

Si pudiera recuperar lo perdido, hacerte olvidar el pasado y cambiar el destino, me presentaría frente a ti como alguien nuevo, renovado, diferente; te haría mi cómplice para afrontar juntos tormentas y primaveras.

Si pudiera dedicarte un poema y decirte que eres muy especial para mí, serían estas líneas cargadas de sentimiento y que fueron capaces de lograr lo que mi voz no puede, romper el silencio que hay detrás de mil nudos de garganta.

Si pudiera vencer el miedo de hablar contigo, te diría que te extraño, que extraño tu charla, tu calor, tus abrazos, tus manos en mi espalda; extraño la conversación de nuestros cuerpos juntos al hacer el amor.

Si pudiera pedir un deseo, pediría verte siempre feliz, pediría todo el amor del mundo para ti, pediría una vida tranquila y sin temores en tu camino, pediría plena realización y… si aún hay lugar, pediría una sonrisa sincera dedicada a mí.

Si pudiera quererte un poquito más lo haría con un amor prohibido y destinado a no ser. Un sentimiento como el de Florentino Ariza y Fermina Daza, que no es sino un amor moribundo que renace con el transcurso de los años y con la intensidad de la pasión.

Si pudiera escapar de ti lo haría, para evitar pensarte por las noches, para no lastimarte, para no herirte, para no confundirte, para no enamorarme más de ti y perderme contigo en lo que no puede ser. Sin embargo, es imposible escapar porque quiero estar contigo… aunque esté sin ti.

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Polvo de estrellas.

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Polvo de estrellas al viento.
Eso es lo que somos.
Producto de un soplo divino.
Ángeles sin alas pero con sueños, en busca permanente de un propósito y de un cielo.

Somos un universo infinito, contenido en una vida breve y fugaz.
Partículas que se sostienen sólo un instante por gracia suprema.
Sueños de un Dios lejano, con corazón y sonrisa de niño.
Somos el milagro de vencer a la muerte, una y otra vez, por medio de la vida.

Somos polvo de estrellas, un sueño inmaterial.
Una estela brillante, iluminando la oscuridad.
Una estrella y un ensueño sin final.
Una ilusión que rasga el cielo nocturno por amor.

Somos lo inexplicable de la vida, la magia de un sentimiento.
Algo más que carne y hueso; algo más que humanidad.
Una historia destinada a repetirse.
Polvo de estrellas al viento…

 

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Adoro

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Adoro el equilibrio que le das a mi vida.

El balance que estableces entre mis dudas y mis certezas.

Las ganas que me proporcionas para seguir adelante.

 

Adoro dormir entre tus brazos.

Sentir tu cálida mirada al despertar.

Saber que tus sueños y mis anhelos se complementan.

 

Adoro la perspectiva de compartir contigo mil y un fantasías.

Mirarte y saber que piensas lo mismo que yo.

Escucharte reír y saber que eres feliz a mi lado.

 

Adoro la felicidad que me brindas.

Tu forma de ver la vida.

Tu forma de vivir nuestro amor.

 

Adoro… tenerte en mi vida.

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Mil y una noches.

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Pasa mi vida como un sueño,

como imágenes fugaces proyectadas por un Dios lejano.

Pasa mi vida como un guion que no puedo comprender,

como un juego de azar que no puedo controlar.

 

Pasa mi vida y con ella mil capítulos de una historia que voy improvisando.

Dejando atrás grandes momentos, enterrando en el olvido mi inocencia.

Trato de comprender cuál es el sentido de existir,

pero no tengo respuesta, sólo memorias y nostalgia en el corazón.

 

Veo el navío de mi vida y sé que va a la deriva, recorriendo mares de sal.

Naufragando en aguas ignotas, sin brújula, sin timón, sin ganas de llegar al norte.

Choco con mi destino.

Inconforme con el guía y con el camino.

 

La vida se me va en charlas de café, en música, en libros y en esfuerzos por amar.

La verdad es que sigo atrapado, pensando en ti. Sólo en ti.

El dios desconocido puso pausa a nuestra historia y quedé a la espera de la nada,

o quizás del resurgimiento de un amor que ya no está.

 

Escribo tratando de mantenerme a flote, de darle un giro a esta novela, de que mi voz y

mis letras lleguen a ti.

Pero es vano, el futuro se nos escapó de las manos.

Todas nuestras memorias se pierden lentamente cual polvo de un reloj de arena.

 

Vivo tratando de anclar en un puerto seguro, en el que el recuerdo se pierda en el

horizonte y me permita un poco de paz.

Pero todo es vano, tu nombre sigue en mis labios, tu recuerdo tatuado en mí.

Mil y una noches de sueño y poesía ha de perdurar tu recuerdo.

Mil y una noches de mi vida he de soñar contigo para aprender a vivir… sin ti.

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¿A dónde voy sin ti?

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¿A dónde voy sin ti?,

sin tu delicada piel,

sin tu sonrisa fresca,

sin tu recuerdo indeleble

y sin tu amor perenne.

¿A dónde voy sin los sueños rosas que sembraste en mí?

sin tus lagrimas de sol,

sin tus brazos cálidos,

sin tus ojos tiernos

y sin tu bello despertar.

¿A dónde voy sin tu alma de niña?,

sin nuestros recuerdos infantiles,

sin tu voz de ángel,

sin el futuro que siempre añoramos

y sin la familia que un día pensamos.

¿A dónde voy sin la unión de nuestras almas?,

sin la alegría que un día pintaste en mi rostro,

sin el calor que durante años infundiste en mi corazón,

sin la pasión que nos desbordaba

y sin los universos y galaxias que creamos tomados de la mano.

¿A dónde voy sin los ideales de antaño y sin el refugio de tu corazón?,

¿Qué razón será válida para olvidar nuestro loco amor?,

¿Qué nuevo amor sustituirá tu recuerdo?,

¿Qué aventura ocasional y fugaz me hará olvidar tu cuerpo?,

¿Qué día dejaré de anhelar una vida a tu lado, esos sueños de boda, niños y eternidad?

¿A dónde voy niña, a dónde voy… sin ti?

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La incongruencia de amarte sin fin…

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No vengas más a mí,

es una tortura soñarte dos noches seguidas,

no es sano para ambos.

No quiero más heridas sobre mis heridas,

ni más ataduras al pasado.

No debo llorar más por aquellos recuerdos…

Fui feliz con este amor tan ilógico que se rehúsa a morir.

Lo traigo arraigado en el alma,

Atado a mi memoria.

Sembrado en mi fértil corazón.

Pero nuestro tiempo ha pasado, aquel ensueño de juventud se ha ido,

y con el ensueño se ha marchado mi inocencia y lo incongruente de amarte sin fin…

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